Pilar económico. Toda gestión que aspire a ser sostenible ha de ser económicamente viable, tanto para validarse a sí misma, como para respaldar también los gastos de variado tipo que hacen posible la propia sostenibilidad. De manera creciente, y por fortuna, la condición de sostenibilidad ha pasado a ser también un factor de interés económico y de motivación comercial en numerosas esferas.
El nivel económico sostenible de la gestión es aquel máximo alcanzable hoy, con garantía de poder seguir siendo alcanzado, o aún superado, en el futuro. La maximización a ultranza de los niveles económicos de la gestión, no puede ser de ninguna manera el rutero de la sostenibilidad, si la misma no garantiza la continuidad de dicha gestión en el tiempo por delante.Resulta obvio que el modelo capitalista tradicional, centrado en la búsqueda y consecución de beneficios por sobre toda otra consideración, no puede ser sostenible, y ningún indicio apunta a que el capitalismo pudiera llegar a ser otro diferente del que hasta ahora ha sido, y es. En cambio, al erigirse sobre otros presupuestos y propósitos, el socialismo permite visualizar una vía hacia el desarrollo sostenible.
Pilar ambiental. Para ser sostenible, el desarrollo ha de ser respetuoso con el medio ambiente, en todos los aspectos de esa diversa interrelación. Esta es una condición de partida para la sostenibilidad, a la par que resulta ser también una de las más perceptibles y admitidas.


El uso del espacio físico para transformaciones permanentes presupone la apropiación no reversible de ese recurso no renovable, necesidad inherente de toda actividad humana que haga uso del espacio. En este aspecto, la sostenibilidad suele enfocarse a partir de la optimización de dicha intervención espacial, mediante la planificación y el ordenamiento territoriales, para sobre esa base decidir con antelación las mejores y más racionales ubicaciones, y establecer el grado de intensidad del uso de dicho espacio.
La calidad ambiental de los espacios y los procesos es un fundamento de la sostenibilidad, en todos sus aspectos: optimización del uso de los recursos energéticos y creciente participación de las fuentes renovables; aplicación de los principios de la arquitectura bioclimática; empleo de materiales ambientalmente adecuados; reciclaje de los desechos y disposición técnica final de los no reciclables; optimización del uso del agua y su recirculación, educación ambiental para toda la pirámide poblacional, y otros.
Garantizar la conservación de los ecosistemas, naturales o antropizados, es premisa de su sostenibilidad, y ello no se limita a preservar sus valores de forma estática, sino a asegurar la continuidad de los procesos dinámicos que tienen lugar en todo ecosistema; esto desborda lo biótico, y es también inexcusable en el caso de componentes abióticos que tienen su propia dinámica, como las aguas y las arenas. En ciertos escenarios es preciso identificar también sus correspondientes capacidades de acogida, y el consiguiente monitoreo dinámico de los cambios que se produzcan, a fin de propiciar rectificaciones oportunas, es decir, antes de que llegue a peligrar su sostenibilidad.
Pilar cultural. El desarrollo sostenible ha de ser igualmente respetuoso de los valores y las expresiones culturales, en particular su calidad, diversidad y legitimidad. En este contexto el desarrollo sostenible gestiona dos grandes tipos de recursos: los correspondientes al patrimonio registrado o físico, y los del patrimonio inmaterial o vivo.
Los primeros comprenden los núcleos urbanos, las expresiones arquitectónicas y edilicias, los centros histórico-patrimoniales y rituales, las piezas museológicas, las ruinas y en fin, cualesquiera realizaciones materiales de origen humano. La sostenibilidad de este patrimonio registrado se basa esencialmente en su conservación más o menos estática, a veces mediante su recuperación y restauración por actores especializados, pero cuya continuidad en el tiempo requiere inexcusablemente de consciente participación social, comunitaria en primer lugar, y de la sociedad en general.
El patrimonio vivo comprende las manifestaciones rituales y artísticas que se consumen en el mismo momento en que se producen, por ejemplo, la música y las artes escénicas. Su sostenibilidad se basa no en su preservación estática, sino por el contrario, en garantizar que continúe desarrollándose en el tiempo la dinámica intrínseca de dichos procesos artístico-culturales, a fin de posibilitar su permanente evolución, enriquecimiento, e incluso la diversificación de dichas manifestaciones.
Pilar social. El desarrollo sostenible ha de respetar igualmente los valores sociales, con y sobre los cuales se sustenta la interrelación gestión-sociedad. Esta es otra condición de partida. Ese respeto ha de manifestarse primariamente en su entorno comunitario, pero no ha de limitarse a él, por cuanto la gestión sostenible deberá abarcar aspectos y marcos sociales que lo desbordan, propiciando a sus participantes, gestores y receptores, la interacción con otras realidades socioeconómicas, incluso lejanas.
El desarrollo sostenible no actuará como un agente desnaturalizador de lo social, sino por el contrario, como incentivador de constructivos y enriquecedores procesos e intercambios sociales, dirigidos a acrecentar los sentidos de identidad, autoestima y pertenencia de los individuos, las comunidades y los pueblos. Su gestión se articulará con el entramado y la vida sociales de forma natural, sin provocar impactos adversos en cualesquiera sentidos. En el caso cubano, por la vocación y propósitos de su proyecto social, este pilar del desarrollo adquiere una dimensión de particular interés y atención.

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